La gran A roja. Un cuento para crecer.

a-08

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, el gobernador decidió acabar con las continuas desavenencias que existían en la nación sobre que obra artística era la mejor. Tras la consulta a las Cortes Generales y al Tribunal Supremo y Mandamás, con los preceptivos informes del Consejo Consultivo de Grandes Sabios y Políticos Canosos, se decidió el Procemiento Abreviado y Acelerado de Determinación Científica de la Obra Artística Definitiva Nacional.

Siete años más tarde, superado el trámite de información pública y gracias a que no hubo reclamación judicial alguna, milagro desconocido en otros lugares, se llegó a la convicción de que la novela “Anda, se me ha olvidad…” constituía la más representativa y perfecta obra de la narrativa y poética nacional. 

Más no con ello acabaron las discusiones. Ahora se centraban en que parte de la obra constituía la expresión más perfecta. 

– Todo sea por la armonía nacional de la nación -expresó el Gobernador. Y convocando de nuevo al Comité de Grandes Expertos Escogidos a Dedo Sin Que Se Note Mucho, éstos determinaron sin género de dudas que era el título, sí, el título, la más perfecta aportación nacional a la literatura universal de todos los tiempos que han existido y jamás existirán. “Anda, se me ha olvidad…” era insuperable.

Más, horror de horrores, continuaron las discusiones durante muchos eones sobre de entre todas aquellas letras cual era la mejor de las mejores. Por ello, ni corto ni perezoso, el Gobernador Gobernoso, convocó de nuevo al Comité, que respondió sin dudar que la A y ninguna más.

Por tres años hubo paz, hasta que algún perverso pasó a discutir ahora que cuadro era el mejor del universo.

Raudo, eficiente, ágil y efectivo, el Gobernador muy previsivo, dió el anuncio por secreto que el mejor cuadro era el titulado Rojo y de este todo un punto en concreto, situado a 7,213 cm del eje vertical y 8,0921 del horizontal contenía exactamente el pináculo del arte nacional.

Además, para abortar toda nueva polémica, madó destruir todas las obras no perfectas, incluyendo las seleccionadas y mandó que a partir de entonces la única obra artística digna de ser representada sería esta: una gran A roja. Debía copiarse exactamente, bajo pena de muerte y sólo a artistas certificados, por su gobierno aprobados.

Deste entonces y hasta ahora, en aquel extraño país los niños no aprenden en el colegio más que esta letra, la A, no leen otra cosa que la A, suman y multiplican esta A y sus poemas contienen sólo esta A. El mejor regalo de cumpleaños, boda es esta A, aunque resulta más apropiada para tu entierro.

Dicha ley por draconiana resulta absurda a muchos extranjeros, entre los que me incluyo. Así que cierta vez de visita en ese país, pregunté a uno de sus ciudadanos, cuyo nombre debo ocultar para salvar su libertad, si no se sentían oprimidos por tal costumbre. Me respondió que sí, pero añadió:

Una vez estuve en el extranjero, y me quedé pasmado de como allí los aprendices de artistas se oprimen a sí mismos. Verás, como dibujan, pintan, escriben, actuan o bailan peor que otras personas, ni siquiera lo intentan. Y es extraño, porque muchas veces lo único que tienen que perder es un pedazo de papel. Yo, aquí, por un poema que sé que es imperfecto, arriesgo mi vida.

Quizás ha llegado la hora de liberarse de ese dictador que todos tenemos en la cabeza. ¿El único requisito para pintar? Querer. Y si sale mal, pues sale mal. No hay ninguna ley que te obligue a que quede bien. 


Anuncios

El cuento de una lágrima que se convirtió en sonrisa

Cortesía Honikum CC -by -sa

Cortesía Honikum CC -by -sa

Hace muy poco tiempo, en un país muy cercano,  un niño estaba llorando. De su  ojo derecho, el que más lloraba, surgió una lágrima  amarga que se escurrió por su cara hasta caer por el aire.

Mientras caía la pobre lágrima se lamentaba – He nacido triste de un niño muy pobre con una vida muy dura -decía, -viviré poco tiempo y moriré estrellada.

Más mira que luego abrió los ojos para ver por última vez la luz de luz de la mañana. El sol inundó su rostro con retales de rayos de naranjas. Entonces vió que caía al surco de una tierra de labor bien preparada y se acordó de  su prima, la gota de agua. -¡Estoy regando a la tierra! -exclamó al sonreir por primera vez en su vida.  

Un micro segundo antes de morir besó a una semilla que, gracias a ella se convirtió en un naranjo. El naranjo creció, se hizo grande y se vistió de flores de azahar, que alegraron la vista del niño… y con tiempo y buen cuidado, convertidas en naranjas, también su barriga.