La gran A roja. Un cuento para crecer.

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Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, el gobernador decidió acabar con las continuas desavenencias que existían en la nación sobre que obra artística era la mejor. Tras la consulta a las Cortes Generales y al Tribunal Supremo y Mandamás, con los preceptivos informes del Consejo Consultivo de Grandes Sabios y Políticos Canosos, se decidió el Procemiento Abreviado y Acelerado de Determinación Científica de la Obra Artística Definitiva Nacional.

Siete años más tarde, superado el trámite de información pública y gracias a que no hubo reclamación judicial alguna, milagro desconocido en otros lugares, se llegó a la convicción de que la novela “Anda, se me ha olvidad…” constituía la más representativa y perfecta obra de la narrativa y poética nacional. 

Más no con ello acabaron las discusiones. Ahora se centraban en que parte de la obra constituía la expresión más perfecta. 

– Todo sea por la armonía nacional de la nación -expresó el Gobernador. Y convocando de nuevo al Comité de Grandes Expertos Escogidos a Dedo Sin Que Se Note Mucho, éstos determinaron sin género de dudas que era el título, sí, el título, la más perfecta aportación nacional a la literatura universal de todos los tiempos que han existido y jamás existirán. “Anda, se me ha olvidad…” era insuperable.

Más, horror de horrores, continuaron las discusiones durante muchos eones sobre de entre todas aquellas letras cual era la mejor de las mejores. Por ello, ni corto ni perezoso, el Gobernador Gobernoso, convocó de nuevo al Comité, que respondió sin dudar que la A y ninguna más.

Por tres años hubo paz, hasta que algún perverso pasó a discutir ahora que cuadro era el mejor del universo.

Raudo, eficiente, ágil y efectivo, el Gobernador muy previsivo, dió el anuncio por secreto que el mejor cuadro era el titulado Rojo y de este todo un punto en concreto, situado a 7,213 cm del eje vertical y 8,0921 del horizontal contenía exactamente el pináculo del arte nacional.

Además, para abortar toda nueva polémica, madó destruir todas las obras no perfectas, incluyendo las seleccionadas y mandó que a partir de entonces la única obra artística digna de ser representada sería esta: una gran A roja. Debía copiarse exactamente, bajo pena de muerte y sólo a artistas certificados, por su gobierno aprobados.

Deste entonces y hasta ahora, en aquel extraño país los niños no aprenden en el colegio más que esta letra, la A, no leen otra cosa que la A, suman y multiplican esta A y sus poemas contienen sólo esta A. El mejor regalo de cumpleaños, boda es esta A, aunque resulta más apropiada para tu entierro.

Dicha ley por draconiana resulta absurda a muchos extranjeros, entre los que me incluyo. Así que cierta vez de visita en ese país, pregunté a uno de sus ciudadanos, cuyo nombre debo ocultar para salvar su libertad, si no se sentían oprimidos por tal costumbre. Me respondió que sí, pero añadió:

Una vez estuve en el extranjero, y me quedé pasmado de como allí los aprendices de artistas se oprimen a sí mismos. Verás, como dibujan, pintan, escriben, actuan o bailan peor que otras personas, ni siquiera lo intentan. Y es extraño, porque muchas veces lo único que tienen que perder es un pedazo de papel. Yo, aquí, por un poema que sé que es imperfecto, arriesgo mi vida.

Quizás ha llegado la hora de liberarse de ese dictador que todos tenemos en la cabeza. ¿El único requisito para pintar? Querer. Y si sale mal, pues sale mal. No hay ninguna ley que te obligue a que quede bien.