Un cuento de dos lápices

Foto Cortesía Orange Acid CC -by

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Hace algo más de un siglo, en una casa alemana, vivía un niño que estaba aprendiendo a escribir. Sus padres le compraron para este fin dos lápices, un precioso lápiz “excelsior de luxe” y otro de calidad “escolar” o, lo que es lo mismo, barato. Siendo, como es, lógico, sus padres le recomendaron usar el barato para los deberes diarios y reservar el caro para los exámenes.

Así pues ese mismo día empezó a practicar sus letras con el barato y llegada la noche, guardados ya gomas y cuadernos ambos lápices comenzaron a hablar así:

– ¡Estoy muy contenta! -dijo la lápiz escolar, porque en realidad era una chica lápiz- Hoy he escrito la A, y mil veces.
– ¿La A? ¿Y por eso estás contenta? ¿Por una sola letra? Y muy mal escrita además.
– Pues el niño estaba muy feliz.
– Claro, porque es tonto el pobrecito, como es la primera letra que hace…
– Ah, ¿y tú que has hecho?
– Nada chica, a mí me reservan para algo muy importante, una gran novela o quizás los cálculos de una nueva teoría científica. Pero tú de eso no entiendes nada. Pobrecita tan feliz pero te estás gastando en tonterías.

Meses más tarde el niño tuvo su primer examen importante. Tal como le habían recomendado sus padres fue a buscar el lápiz “excelsior de luxe”; pero por más que buscó no lo encontraba, así que tuvo que conformarse con su “escolar”. Aquella noche ambos lápices volvieron a hablar.

– ¿Por qué te escondiste? -le preguntó la lapiz “escolar” a su compañero.
– ¿Por qué? ¿Estás tonta? Mira yo estoy destinado a grandes cosas. No me puedo gastar en algo tan pueril como un examen de primaria. Mírate, ¿no te das cuenta? Tu ya estás a la mitad, casi te has acabado.
Era verdad. El afilador ya se había comido la mitad de la pobre “escolar”.
– Todavía me queda una mitad -respondió la “escolar”- y hoy hemos tenido una gran aventura. ¡Cuántos sudores! ¡Y que manos más frías tenía el niño!
– ¿Ya, y qué nota ha sacado?
– Casi aprobamos.
– O sea que suspenso, encima, te estás acabando por nada, tonta.

Fueron pasando los meses, la pequeña “escolar” siguió escribiendo y trabajando. Llegó el primer aprobado, luego algún notable. Desgraciadamente no llegó a ver ningún sobresaliente porque el día justo antes del primer examen que lo sacó “escolar” ya se había acabado del todo. Mientras, oculto en el fondo del cajón, el “excelsior de luxe” seguía como el primer día.

Pasaron meses, años, “excelsior de luxe” siempre encontraba una excusa para no ayudar. Lo que no quería reconocer es que tenía miedo de acabarse. Pero todo llega. El niño se hizo hombre y tuvo un bebé que aprendió a gatear. El bebé abriendo los cajones encontró el “excelsior” y se lo llevó a la boca.

– Deja eso, ¡caca! -le dijo su madre.

Sin mirarlo muy bien, creyendo que era sólo un palo, la madre lo tiró a la basura. La sirvienta sacó el cubo que recogió el basurero. Y como en esos años no se reciclaba, el pobre excelsior acabó en el fuego. Sin embargo, “escolar” había ayudado al niño a hacerse un gran científico, aunque ella nunca lo viera.

Quien quiera conservar la vida, la perderá.