Escritura: Misterio o Pericia

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¿Es la escritura un misterio? ¿Un arte oculto que inspiran hadas caprichosas? ¿O se trata de una técnica que se puede aprender?

Si la escritura fuera meramente organizar una serie de ideas bajo unas determinadas reglas podría descubrirse un método matemático para su realización. Su desarrollo práctico requería de una importante base de datos y, sin duda, de sistemas informáticos avanzados, pero nado que no exceda la capacidad de los modernos microprocesadores.

En otras palabras, un ordenador podría escribir. Y no me extrañaría que lo hicieran muy pronto. Basataría que se les suministre unos datos y el bicho, como hacía el antiguo escribano, compondría un texto perfecto y convencional.

En una medida rudimentaria las plantillas de lso procesadores de textos y las funciones de auto-resumen ya deján entrever que será posible componer hasta un poema, un cuento o incluso una novela.

Pero que pobre literatura, se parece a la religión que creen conocer muchos ateos. (Y, lo que es más triste, muchos cristianos).

Ahora bien, extrapolando el método que Rudolf Otto aplicó a la religión, me permito ahora hacer una observación apresurada de la experiencia literaria. Crear no se reduce a la mera aplicación de las reglas del lenguaje. Hay una chispa de nuestro propio ser que se expresa, ¡no!, incluso que nace en la palabra escrita. Nuestra alma se robustece, se perfecciona, vibra con el mundo en la experiencia creadora.

Quizás por eso, escribir nos haga tan felices.

Nunca hubo ni habrá persona como tú ahora. Ese ser que eres tú, libre y único no puede aprenderse. Ni los demás tampoco; nunca serás Dickens, Victor Hugo o Cervantes.

¿Pero, sabes qué? Ellos ya vivieron. Vive tú y desvela en palabras el aliento de tu vida, tu sagrada visión del mundo, de la historia y de Dios, porque nadie más en este mundo lo podrá hacer. Descubrirás que la experiencia de crear te hará persona.

Todo lo demás, con esfuerzo, puede aprenderse.

(Fotografía gentileza de Jefield
http://www.flickr.com/photos/jefield/1119389/
CC -by)
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Mecanografía: una habilidad básica

Cortesia ChesireGirl CC -by -sa

Cortesía ChesireGirl CC -by -sa

Una de las cosas buenas de opositar a varios niveles es que te fuerza a preparar varias habilidades. La más clásica, mecanografía. Y amigos míos, si trabajáis con un ordenador aunque sea en esta afición nuestra de llevar una bitácora, ser capaz de escribir con soltura es una gran ventaja. Y entre mayor rapidez y seguridad, mejor.

Iba a daros una lista de razones, pero me callo, os considero lo suficientemente inteligentes.

Me centraré en daros confianza. La mecanografía es una habilidad que puede aprenderse y entrenarse, ofrece recompensas inmediatas y además de forma muy barata.

  • ¿Qué quiero decir con lo de las recompensas inmediatas? Si os ponéis a estudiar un idioma seguramente tardaréis al menos un mes en poder leer despacio y con diccionario un texto normal. Si a dibujar hasta que quede algo decente también se tarda un mínimo de tiempo. Salvo excepciones y genialidades. Ahora bien con la mecanografía el simple hecho de saber dónde hay que colocar los dedos o la disposición del teclado ya aumenta exponencialmente la velocidad que se puede alcanzar.
  • En cuanto a lo de forma muy barata esto va porque sí, la mejor forma es acudir a una academia; sobre todo si pretendéis conseguir un trabajo u opositar. Pero hay alternativas para ordenador como por ejemplo el programa Tuxtype. Se trata de un juego en el que hay que eliminar palabras a base de escribirlas. No es que tenga los mejores gráficos del mundo, pero resulta divertido. Otra posibilidad de ese estilo es Typing Inviders, teniendo que “matar” los clásicos marcianitos a base de teclear.
  • Lo mejor, lo más serio, para el final: keybr. Esta página web te presenta un teclado interactivo en Español y un texto aleatorio. (Ambos pueden configurarse, por cierto). Vas copiando el texto y según tecleas se iluminan en la pantalla las teclas que pulsaste. Al mimso tiempo te da información de tu velocidad, número de errores y puntuación -que valora tanto la velocidad como la precisión-.
  • Por último, siempre es bueno echar un vistazo a Delicious.

Algunos consejos:

  1. Mantra: La precisión da velocidad; la precipitación cojera.
  2. Mantra: No miraré al teclado.
  3. Practica un poco todos los días.
  4. Concéntrate.

Ya eres un ángel.

Cortesia Positiv CC -by -sa

Cortesía Positiv CC -by -sa

 

Estaba escribiendo mi primera novela en inglés (Dios me perdone) y me preguntaba que sería de mí de estar en la piel de uno de mis personajes. Precisamente escribo, entre otras razones, como una especie de ejercicio espiritual para desarrollar la compasión.

Levinás, el filósofo judío superviviente de la 2ª Guerra Munidal, dijo algo semejante a que el rostro de los que sufren es el rostro de Dios. Jesús se expresó también en esas líneas (Véase Mateo 25, por ejemplo). Los Mazdeistas inisten en que “El socorre al pobre, corona a Dios.” Podría seguir con muchísimos otros maestros y maestrAs espirituales, pero es innecesario.

Pues este personaje mío, un niño, tiene un sueño extraño. Una mujer vestida de Húsar aparece en la

Photo Courtesy Porcelain Monkey Garage CC -by -Sa
Photo Courtesy Porcelain Monkey Garage CC -by -Sa

puerta de su habitación. Lleva un presente: la clásica caja de navidad envuelta en papel de colores con un gran lazo rojo. El chico la abre y encuentra dos alas de ángel, vivas.

¿Y ahora qué? ¿Qué harías si te dieran alas de ángel? ¿Cambiaría tu vida? ¿Cómo?

Y aún más importante. ¿Te has parado a pensar si no tienes ya esas alas? ¿Te has atrevido a volar?

Por mi parte, creo que la única vida digna de vivirse es la de un ángel.

Un cuento de dos lápices

Foto Cortesía Orange Acid CC -by

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Hace algo más de un siglo, en una casa alemana, vivía un niño que estaba aprendiendo a escribir. Sus padres le compraron para este fin dos lápices, un precioso lápiz “excelsior de luxe” y otro de calidad “escolar” o, lo que es lo mismo, barato. Siendo, como es, lógico, sus padres le recomendaron usar el barato para los deberes diarios y reservar el caro para los exámenes.

Así pues ese mismo día empezó a practicar sus letras con el barato y llegada la noche, guardados ya gomas y cuadernos ambos lápices comenzaron a hablar así:

– ¡Estoy muy contenta! -dijo la lápiz escolar, porque en realidad era una chica lápiz- Hoy he escrito la A, y mil veces.
– ¿La A? ¿Y por eso estás contenta? ¿Por una sola letra? Y muy mal escrita además.
– Pues el niño estaba muy feliz.
– Claro, porque es tonto el pobrecito, como es la primera letra que hace…
– Ah, ¿y tú que has hecho?
– Nada chica, a mí me reservan para algo muy importante, una gran novela o quizás los cálculos de una nueva teoría científica. Pero tú de eso no entiendes nada. Pobrecita tan feliz pero te estás gastando en tonterías.

Meses más tarde el niño tuvo su primer examen importante. Tal como le habían recomendado sus padres fue a buscar el lápiz “excelsior de luxe”; pero por más que buscó no lo encontraba, así que tuvo que conformarse con su “escolar”. Aquella noche ambos lápices volvieron a hablar.

– ¿Por qué te escondiste? -le preguntó la lapiz “escolar” a su compañero.
– ¿Por qué? ¿Estás tonta? Mira yo estoy destinado a grandes cosas. No me puedo gastar en algo tan pueril como un examen de primaria. Mírate, ¿no te das cuenta? Tu ya estás a la mitad, casi te has acabado.
Era verdad. El afilador ya se había comido la mitad de la pobre “escolar”.
– Todavía me queda una mitad -respondió la “escolar”- y hoy hemos tenido una gran aventura. ¡Cuántos sudores! ¡Y que manos más frías tenía el niño!
– ¿Ya, y qué nota ha sacado?
– Casi aprobamos.
– O sea que suspenso, encima, te estás acabando por nada, tonta.

Fueron pasando los meses, la pequeña “escolar” siguió escribiendo y trabajando. Llegó el primer aprobado, luego algún notable. Desgraciadamente no llegó a ver ningún sobresaliente porque el día justo antes del primer examen que lo sacó “escolar” ya se había acabado del todo. Mientras, oculto en el fondo del cajón, el “excelsior de luxe” seguía como el primer día.

Pasaron meses, años, “excelsior de luxe” siempre encontraba una excusa para no ayudar. Lo que no quería reconocer es que tenía miedo de acabarse. Pero todo llega. El niño se hizo hombre y tuvo un bebé que aprendió a gatear. El bebé abriendo los cajones encontró el “excelsior” y se lo llevó a la boca.

– Deja eso, ¡caca! -le dijo su madre.

Sin mirarlo muy bien, creyendo que era sólo un palo, la madre lo tiró a la basura. La sirvienta sacó el cubo que recogió el basurero. Y como en esos años no se reciclaba, el pobre excelsior acabó en el fuego. Sin embargo, “escolar” había ayudado al niño a hacerse un gran científico, aunque ella nunca lo viera.

Quien quiera conservar la vida, la perderá.